Tierra Seca 2

Ante mis ojos miré tierra seca
alargando un sendero que, como el tiempo,
nunca se acerca a su cabo.

Tierra sin aguas reclama mi muerte,
dunas se yerguen y entorpecen mis pasos,
¿es que mis pies tus campos no hollarán?

Con mis oídos percibí tu mensaje:
que tras el horizonte lejano
alta se levanta tu ciudad
hundiendo sus cimientos al Seol.

¿Hasta cuándo, oráculo ardiente,
mi alma sufrirá este sol?
¿tropezaré, caeré, desecará mi alma?
¿yacerá mi cuerpo so la arena, inerte?

No, dorados cielos, no vine solo:
llamé mi capa y mi fuerte
a quien, compañero, me cubrió
de tu seca, parca desolación.

La langosta que todo ha consumido
y el buitre que mi caída espera.

Cuando alcé mis ojos, mi báculo
había huido de mi mano;
lo he perdido, pues no suficiente
mi pecho le ha amado.

Él levantaba mi cabeza,
hado sediento de almas,
él era el agua en mi boca
y de mi vientre toda vianda.

¿No lo retienen, montes? ¿lo traerán?
¿mi mensaje, vientos, le darán?;
ante el austero, mezquino horizonte,
sin él, de muerte es mi derrotero.

¿Negarán misericordia al miserable?
¿no impedirán que se consuma mi carne?

¿Te volverás hacia mí, destino?
¿y a tus salones mis pies llegarán?
¿tus estancias celestes, cansino
mi andar titubeante andará?

No tardes, viento, con tu cometido;
devuelve a mi mano mi capa, mi cetro y mi fuerte.

Mis rodillas se doblan y la arena las muerde,
sobre su hálito ardiente se encorva mi espalda,
mis ojos se nublaron, y yazgo esperando que él venga
y diga que me conoce y tome de nuevo mi mano.

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