La Pasajera Ilusión de Manuel Rivera

 Manuel es muchacho de rutinas. Acostumbra todos los viernes acudir al arroyo local con un pequeño balde y una pala: gusta de tirarlos en la corriente y verlos alejarse hasta que se pierden en la lejanía, después se sienta a jugar con el barro que acomoda ante sus manos. Siempre que alguien le pregunta la razón de tan poco común costumbre, él responde que el barro es más sabroso a manos peladas, pero que su madre siempre insiste en que lleve tan fútiles herramientas. Será que intenta la señora Rivera que su hijo deje de llegar hecho una porqueriza. Una mujer paciente, ella. Al respecto, el tendero dice que nunca se le ve cansada de comprar nuevos baldes y nuevas palas, y él no se fatiga de venderlos.
    Durante la semana, Manuel asiste a la escuela comunitaria de San Martín del Valle. Allí no tiene muchos amigos, sus compañeros lo califican de sangrón, probablemente debido a las generosas palizas que suele acomodar a cualquier muchacho iluso al que se le ocurra que Manuel podría ser un buen amigo. Su padre, el Doctor Rivera, es un hombre muy influyente en la comunidad de San Martín, se le puede ver casi todos los viernes en el mencionado centro de enseñanza, intentando que no echen a su huraño hijo de la primaria, aunque últimamente le cuesta más trabajo que antes, cuando era el único doctor del pueblo.
    Los sábados Manuel se cuelga un morral al hombro, previamente relleno de sus libros favoritos y un pequeño cojín, y se encamina al pequeño cerro que da la espalda al pueblo. Siempre utiliza el sendero empedrado que sube por un costado. Le gusta el sonido que hacen las rocas entre sí cuando pasa por sobre de ellas. Mientras asciende, le agrada imaginar que es un minero que sube trabajoso a cumplir con su jornada. Así, siempre que ve una piedra bonita la recoge y la hecha a su morral.
    Entre el muy agujereado cerro existen numerosos corredores excavados en la piedra, además de varias cuevas tanto naturales como artificiales. Manuel asiste al mismo lugar todo el tiempo: una caverna a medio terminar a la que se le vino abajo una porción del techo, formando un tragaluz muy apropiado para sus fines. En los tiempos de su abuelo, hubo una revuelta de mineros inconformes que fue sangrientamente aplastada por el adusto gobernador, y desde entonces la mina está cerrada. Cuando por fin llega a su lugar, Manuel se sienta sobre una roca y se pone a leer sus cuentos.
    Los domingos, de manera intermitente, visita a su único amigo, se trata de un vendedor de collares, pulseras, cuentas de colores y otras baratijas, que se establece en el centro del pueblo cada quince días, en esa ocasión Manuel lleva todas las piedras bonitas que ha venido juntando a lo largo de la semana y las obsequia a Ravel, que es el nombre del vendedor. Algunos dicen que es una relación extraña, la de Manuel y el vendedor, pero posiblemente esto es causado por la falta de comprensión general sobre el asunto. Será un intercambio, más que un regalo, el que hace Manuel, pues después de entregar las piedritas lisas, cuarzos de colores y algunas otras bagatelas, recibe de manos de Ravel una pulsera, entonces, el niño extiende su morral vacío en el suelo, al lado del vendedor, y lo auxilia en la tarea de despachar a la no muy abrumadora clientela.
    Ravel es un muchacho de entre veinticinco y treinta y cinco años que tiene un aspecto más bien desharrapado. Se dedica a pulular entre los pueblecillos turísticos de la zona vendiendo su trabajo, aunque dice que también ha viajado a lugares lejanos. Se le distingue por las sucias rastas que pueblan su cabeza y llegan casi a la altura de su cintura, unos mugrosos pantalones holgados de color amarillo, y un guante café, que siempre lleva puesto en la mano izquierda. Nadie sabe por qué lo del guante, excepto Manuel.
    Manuel tiene una ilusión, ansía ver los pintorescos lugares que conoce solo por los relatos de Ravel, sin embargo esas ilusiones se ven pospuestas debido a las constantes negativas de su madre, a la que semejante idea le parece descabellada.
    Un buen día, después de una desvelada en que fueron tomadas ciertas decisiones importantes, Manuel se cuelga el morral al hombro y se encamina hacia la plaza de la ciudad, ahí, bajo una escalera, su amigo establece su morada temporal. Lo encuentra mojando la roca del suelo a base de salivaciones, y a sus pantalones oreándose extendidos al sol matutino. Después de cierto forcejeo verbal, el vendedor de pulseras acepta llevarlo en su travesía quincenal. El camino empedrado que lleva a la central de autobuses atraviesa un erial polvoso. Hace muchos años, ese campo estuvo habitado por una veintena de familias que vivían de la agricultura; el gobierno los echó arguyendo que sus terrenos eran necesarios para la construcción de una carretera que conectaría San Martín con la capital. Los campesinos se negaron a ceder su patrimonio, de manera que el ejército se encargó de sacarlos, muchos varones jefes de familia murieron intentando proteger su patrimonio con azadones y trinches. Una arrugada anciana, viuda de uno de los afectados, aún pide limosna en la plaza del pueblo. La carretera nunca llegó a construirse.
    Mientras el autobús avanza a lo largo del camino hacia el próximo pueblo, Manuel observa maravillado los campos pasar desde su ventanilla; se imagina el súbito cambio que verá en el panorama antes de llegar a su destino. Ravel, por su parte, ronca en el asiento de al lado; probablemente no esté soñando nada.
    Después de un rato, el autobús se detiene en un tosco paradero que bien podría ser el de San Martín, Ravel se despierta bruscamente, toma su mochila y baja del transporte, Manuel lo sigue. Según dice el vendedor, de este pueblo se puede tomar un autobús que lleva a la ciudad de la Griza, aunque debido a que solamente parte un autobús al día hacia tal destino, Manuel y Ravel tendrán que pasar la noche en la estación. El comerciante extiende el tapete con sus mercancías cerca de la puerta y se sienta, sereno. Manuel decide que prefiere esperar en los asientos, junto al no muy abultado equipaje, él se pone a imaginar los panoramas que le han pintado en la cabeza pero, sin darse cuenta, pasa más tiempo visualizando su cara de asombro ante cada plano. El repiqueteo de los pasos en la estación funciona como un efectivo arrullo mientras se queda dormido entre sus ficciones.
    Manuel gusta, siempre que despierta, de quedarse mirando el techo de su cuarto, pensando en las frugales actividades que llevará a cabo a través del día y después de levantarse, organiza las pertenencias que necesitará y las acomoda dentro de su morral. En la estación no hace mucho sentido, pero Manuel intenta seguir su rutina lo mejor que puede. Medita sobre su viaje, organiza su morral. Así, después del insatisfactorio desayuno, él y Ravel abordan al camión. Durante el viaje Manuel se pone a leer sus cuentos, echando un vistazo de cuando en cuando al exterior, mientras Ravel efectúa una precisa interpretación de la posición que llevaba en el asiento el día anterior, sin olvidar los ronquidos.
    El autobús se aproxima veloz a su destino, atropellando la carretera negra que se acerca al punto de ebullición. Los matorrales que se alinean a los lados de la vía no se ven tan verdes como se les imaginaba: su color marrón y amarillo inunda el espacio que separa a Manuel del horizonte, por donde los cerros retroceden pesadamente. Después de una hora de camino, la Griza se muestra por encima de la línea del relieve. El sol matutino  ilumina la ciudad de manera inclemente, pero la insistente luz dorada no logra alegrar la ciudad que ven los ojos del arisco muchacho. Los numerosos rectángulos de concreto gris se recortan nítidamente contra el cielo pálido mientras se acercan. Manuel mira como la carretera se vuelve calle mientras ésta se adentra entre las muchas que saturan la ciudad. El sucio ruido irregular se cuela en sus oídos de niño: eso y la vibración del camino lo despiertan de sus contemplaciones. Para esta hora alguien debe haberse dado cuenta de su ausencia, de repente ansía estar en el arroyo de su localidad, con las manos llenas de barro.

1 comentario:

  1. Por fin! estaba esperando que lo subieras...
    Me gusto como describiste a Manuel , el si disfruta la simplicidad de la vida.
    Espero algún día poder leer tu propia historia (la de tu vida), saludos!

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